El maestro Floriani

María Enriqueta Camarillo y Roa de Pereyra
Para la Revista Azul
Es triste el invierno, pero, cuando al calor de la chimenea reúnense los amigos de la casa para pasar las veladas en animada plática y amigable expansión, se olvidan los rigores de la nieve que afuera cae monótonamente, y sólo el gemido del viento que pasa rozando los cristales de la ventana deja llegar hasta el tibio saloncito sus ecos vagos.
Todos olvidan que es invierno y se charla con entusiasmo. Cada uno cuenta la historia que trae ya preparada, y los demás escuchan atentamente. La joven risueña, de ojos entreabiertos, recita el cuento que leyera en un libro de hadas; la niña, con su vocecilla parlera y armoniosa, refiere otro donde los duendes mariposean desde el principio hasta el fin; la señora bondadosa, que ha escuchado con dulce sonrisa, hace oír también el suyo de donde salta la más pura moraleja; el viejo grave dice otro en que reboza el desencanto y la experiencia; el joven recita una historia de amor; la anciana venerable toma también la palabra y refiere a los circunstantes un tierno episodio donde palpita la fe. Una de tantas noches, después de ciertas referencias, uno de los concurrentes dijo: “A mi vez les contaré un cuento; no, una historia, y bien cierta pues es nada menos que un episodio de mi vida; si me prometen ser indulgentes, prepárense a escucharme”. Le rogamos que no se hiciera esperar, y comenzó su relato de esta manera:
Hace ya un tiempo… y, sin embargo, lo recuerdo cual si fuese ahora mismo.
Aquella clase de piano que me traía loco, la extraña influencia que llegó a ejercer sobre mi ánimo no poco soñador, el viejo Conservatorio que casi derruido por el peso de los años se ostentaba medio sombrío en el fondo de aquella callejuela solitaria; y, sobre todo, aquellas dulces veladas transcurridas al lado del maestro Floriani. ¡El viejo Conservatorio!... ¡Ah! ¡Me parece estarlo mirando! Sus anchos y extensos corredores, donde los pichones y las golondrinas construían sus nidos; las toscas puertas de las clases adornadas de alegóricos relieves; el inmenso jardín misterioso y sombrío; los altos cipreses besando el coronamiento del edificio; aquel vientecillo penetrante que solía correr; y, dominándolo todo, aquella salvaje confusión de notas que al trasponer el dintel de la puerta se dejaba oír ensordecedora y tenaz. Conjunto infernal de sonidos producidos por una diversidad increíble de instrumentos de todas especies, de todas formas, de todas materias. Aquello era una queja, una carcajada, un murmullo, una cadencia informe, donde se confundían, se mezclaban, se enlazaban los gorgeos de la flauta, los acordes del piano, el llanto del violín, los arpegios del arpa, los gritos del oboe, los lamentos del salterio… Aquello era una masa de sonidos, por decirlo así, formada por guitarras que gemían apasionadamente, por clarinetes que cantaban, por mandolinas y bandurrias que arrullaban con endechas amorosas.
Allí se mezclaban el ruido estridente de los platillos, mitigado un tanto por las explosiones de la tambora, el laúd murmurante como un arroyuelo que se desliza entre quejas; el violoncello sollozando con desesperación y amargura; el bajo mugiendo gravemente; el triángulo dejando caer una lluvia de notitas de cristal… ¡Ah! Era aquello una confusión que ensordecía, pero que a la vez halagaba; era algo dulcemente infernal.
Yo era de los que llegaban a las nueve de la noche, hora en que todos se ocupaban de sus estudios en el interior de las clases. Subía las anchas escaleras, dirigía una mirada indiferente a los ya conocidos cuadros históricos que decoraban el vestíbulo, y avanzaba por los extensos y lóbregos corredores.
Desde el momento en que se traspasaba el dintel de la puerta del Conservatorio, se recibía una especie de abanicada musical; una inmensa oleada sonora que venía a herir los oídos con su algarabía confusa; una racha de disonancias, concertadas diabólica y sentimentalmente. Era un desorden espantoso de notas que reñían formando un concierto inmenso de lamentos y risas, que me producían singular efecto al ir subiendo las escaleras y atravesando los corredores. La impresión que causaban en mi ánimo era fantástica: yo daba forma a cada una de aquellas notas, y, en mi imaginación, eran seres vaporosos que vagaban por todo el ruinoso edificio. El viento suspiraba entre los árboles, contribuyendo también con sus melancólicos trémolos al gran concierto… Y todo aquel tropel de notas, que ya se atropellaban, ya se besaban blandamente, era para mí una reunión de caprichosos genios que, desbordándose en tumultuosa confusión por las mal cerradas puertas de las clases, salían danzando macabramente, y se esparcían poblando el jardín, las galerías, los salones, las fuentes. Eran nereidas y ondinas, silfos y hadas, magos y hechiceras, faunos y sílfides. Yo los veía vagar indecisos por el aire, desplegar las alas y después remontar el vuelo, yéndose a perder en los obscuros confines del espacio, donde las estrellas apenas brillaban.
¡Qué ilusión! ¡Qué misterio! Detenía mis pasos y, apoyado en la balaustrada del corredor, dirigía la vista hacia el oscuro jardín, donde hasta los árboles semejaban fantasmas negros.
Después de meditar breves instantes allí, en la soledad de los corredores, continuaba mi marcha; llegaba a la clase de piano, empujaba ligeramente la puerta y, después de lanzar una última mirada para sondear las obscuridades del cielo y del jardín, entraba súbitamente a la clase.
La clase de piano, ¡ah! Era mi dulce ilusión de cada tercera noche.
Penetraba en el interior de aquella clase para mí tan querida, e iba yo a sentarme a mi rincón favorito, donde, a favor de una deliciosa semioscuridad, podía yo dar alas a mi ardiente imaginación y echarme a soñar.
Desde aquel rincón nunca olvidado lo miraba todo, más que con mis propios ojos, con los ojos del alma. Las tres bancas llenas de alumnos de todos tamaños, siempre atentos a la voz del Maestro, del gran maestro Floriani; los rincones de la clase un tanto obscuros; el candil suspendido en el centro; los estantes llenos de libros; los atriles diseminados desordenadamente; los dos hermosos pianos de cola simétricamente colocados; y, destacándose en el fondo de aquel cuadro, el Maestro que, batuta en mano, dirigía con loco arrebato la interpretación de una pieza o de un estudio, ejecutados al piano por alguno de tantos discípulos.
Aquel Floriani era un Apolo. De haber sido yo pintor le habría rogado que me sirviese de modelo para delinear en un lienzo la esbelta figura de aquel dios mitológico. Era un Apolo Floriani. Aún me parece estarlo mirando: alto, escultórico, la frente noble y espaciosa, la nariz griega, la boca regular medio escondida bajo el negrísimo bigote, los magníficos ojos, negros también, rasgados, melancólicos, apasionados, soñadores. La mirada de aquellos ojos ardientes y expresivos (como no he visto otros en mi vida) se inspiraba en la música y bebía en rayos y fulgores las ondas sonoras.
Si lo que se ejecutaba era una melancólica elegía, al punto sus ojos húmedos y entrecerrados dejaban entrever una mirada tristemente nublada; si una marcha triunfal, aquellos ojos, tan dulces siempre, despedían entonces chispas incendiarias; si una poética balada de amor, sus miradas eran besos de luz, donde había toques de ternura infinita; si era un andante cadencioso, esas miradas eran dulcemente adormidas y vagas; si una tempestad, sus pupilas eran entonces lagos brumosos donde se copian las negras nubes y los fosfóricos relámpagos; si era un gracioso rondó, aquellos ojos se tornaban juguetones y parecían sonreír… ¡Ah! ¡Qué ojos aquellos!
Floriani era pálido, jamás estuvieron sus mejillas ni aun tenuemente sonrosadas. Era de cabello intensamente negro y rizado; cabeza artística, cejas ligeramente arqueadas, y porte noble y altivo; en una palabra, Floriani era el prototipo del perfecto y cumplido caballero.
Aquel Maestro me fascinaba, mejor dicho, nos fascinaba a todos.
Hace ya tanto tiempo… y, sin embargo, no se me ha olvidado ni uno solo de los detalles de la clase, ni una sola escena, ni un pasaje, nada: cierro los ojos y veo surgir todo aquel pasado…
Desde aquel rinconcito tenebroso miraba yo al maestro Floriani dar la clase. Uno por uno de sus discípulos nos íbamos acercando sucesivamente con el reglamentario papel de música, para dar los estudios o ver alguna sonata.
Yo era el más atrasado de la clase, aunque no por eso dejaba de ser tan querido como todos los demás. Allí no hubo jamás distinciones, todos éramos tratados con el mismo cariñoso afecto, pues Floriani era nuestro maestro y nuestro amigo.
Muchas veces habíamosle oído contar su historia: una historia bien triste que, al evocarla, conmovíalo profundamente, dejándonos pensativos y silenciosos. Su madre y su padre muertos cuando él era casi un niño; su vida bohemia recorriendo la Italia para olvidar sus tristezas; más tarde su viaje por Alemania donde bebió esas extrañas nostalgias, esas vaguedades que Beethoven y Wagner hacen destilar en sus obras; y, por último, su llegada aquí, donde se le concedió una cátedra de piano en el Conservatorio. Y todo esto murmurado en tono de cariñosa confidencia.
Cuando a instancias nuestras sentábase al piano para hacernos oír algún trozo de Chopin o de cualquier otro clásico, rodeados todos de él con religioso recogimiento, pendientes nuestras vidas de sus notas, escuchábamos conmovidos aquellas extrañas armonías arrancadas por un corazón de artista. Y cuando vagamente suspiraba el último acorde y terminaba, por fin, nadie osaba hablar, todos quedábamos en muda contemplación, estáticos; y él entonces, al ver el efecto que sus interpretaciones causaban en nuestra alma, rebosando entusiasmo y ternura, nos decía sonriendo dulcemente: ustedes me comprenden, ustedes son mi familia.
Ya se ve, y él también había llegado a ser una necesidad para nosotros; y por lo que hace a mí, aquella clase de piano me enloquecía.
Estudiaba yo casi todo el día en mi pianillo vertical, bastante desafinado, para poder sacar algunos efectos; más al sentarme en el hermoso piano Steinway de la clase, sometido fielmente a la batuta del Maestro, influido por él, y dando a cada pasaje su matiz correspondiente, se me figuraba ni más ni menos que, al cabo de algunos años, y estudiando bajo la dirección de aquel hombre prodigioso, llegaría yo a ser tan artista como él… ¡Vanas pretensiones de muchacho!
Entre los discípulos, habíanlos de todas condiciones y de todas fortunas. Unos ricos, otros en regulares circunstancias y, los más, pobres; pero, al reunirnos allí en la clase, todos se olvidaban de su posición y pasaban a ser únicamente hermanos. Floriani lo decía: para el arte no hay más que corazones. Y por cierto que los nuestros eran bien grandes y bien llenos de ternura. Seguro estoy de que, si a esa clase hubiera llegado un muchacho de manos bruscas y sentimientos perversos, allí se habría limado y hubiera adquirido un alma delicada, porque era imposible estar ahí sin amar la belleza de lo bueno y noble, inspirándose en aquella atmósfera pura, impregnada de música y poesía.
El Maestro no se concretaba sólo a enseñarnos a mover los dedos con más o menos precisión. Su razón y su profundo estudio habíanle revelado que las almas más elevadas interpretan de mejor manera las grandes obras clásicas; y, basado en ese lógico principio, educábanos también el alma, leyéndonos para ello a Dante, a Homero, a Virgilio y al Tasso.
Poco a poco, aquellos bellísimos pensamientos habían ido infiltrándose en nuestro ser, y los ideales en los que la Musa de los grandes poetas se inspirara llegaron a ser bien pronto nuestros ideales también.
Por eso todos éramos hermanos, porque todos pensábamos lo mismo y todos teníamos iguales ambiciones, alimentando los mismos sentimientos. Nos identificábamos unos con otros, y todos con el Maestro.
Encantábanos que Floriani tomase la palabra y nos refiriera éste o aquel episodio de su vida. Había oído tocar a los más notables artistas de Italia y Alemania; había viajado por todo lo más bello de uno y otro de esos países; había leído muchísimo, y, como tenía fácil palabra y ardiente imaginación, nos encantaba y nos hacía olvidar hasta la noción del tiempo.
A la hora de dar la clase era otra cosa; se tornaba serio y tan exigente, que jamás mereció un elogio suyo ni aun siquiera un compás tocado por alguno de nosotros; y eso que a nuestro modo de ver no dejábamos de tener momentos felices, de regular interpretación, y arranques de verdadero entusiasmo, donde tratábamos de imitar, hasta donde era posible, el acento apasionado de ésta o aquella frase musical explicada concienzudamente por el Maestro. Era intransigente hasta el delirio; jamás en la clase llegose a oír tocar un estudio completo; cada dos o tres compases interrumpía al discípulo diciéndole: “No, no, eso está mal comprendido; más delicadeza en esa frase, más dulzura”. Y a los seis o siente compases más adelante, volvía a su eterno y reglamentario: “No, no; sin marcar tanto, como jugando, con gracia y soltura; y sin perder por eso el ritmo”…
Jamás nos alabó como pianistas: elogiaba el talento de éste, el ingenio de aquél, la bondad del uno, la paciencia del otro; pero como pianistas nunca nos pasó de pésimos; aunque llegamos a conocerlo tanto que al fin pudimos distinguir cuando lo hacíamos regular y a su gusto; revelación que llegamos a comprender por cierto movimiento en las cejas, por cierta expresión en los ojos, por una disimulada y ligera sonrisa, por un imperceptible movimiento de cabeza.
No quería volvernos vanidosos y por eso nunca nos tributaba elogios.
Al llegar los exámenes era diferente; entonces nos alentaba; nos daba ánimo, y hasta llegaba a decir que tenía plena confianza en nosotros. Hubo una vez que, mirándome, cuando me iba tocar el turno para examinarme, y al decirle yo con voz llena de miedo y que apenas se oía: “Maestro, van a reprobarme sin remedio”; hubo una vez, digo, que llegó a contestarme estas frases para mí imperecederas: “Anda, muchacho, no seas tonto, que tus estudios están perfectamente”. Pasó el examen, salí aprobado con una muy buena calificación, que a poco andar olvidé. Pasó el día; pasaron los años; pero lo que no se me olvida aún es la impresión que recibí al oír decir al maestro Floriani: “tus estudios están perfectamente”. Ya no hice caso de la calificación que me dieron; el Maestro me había calificado soberbiamente, y si ese día me hubieran reprobado ni lo hubiera sentido siquiera.
En las vacaciones íbamos a visitarlo a su casa; pequeña y bien decorada habitación donde, en artístico desorden, se ostentaban cuadros bellísimos, bustos de músicos y poetas, jarrones, estantes de libros, retratos, algunos bronces alegóricos, dos pianos de media cola y un armonio.
Allí nos tocaba todo cuanto queríamos, y nos mostraba enormes albums, donde los más interesantes pasajes de la vida de los maestros clásicos estaban simbolizados en cada página.
Floriani nos hacía conocer sus composiciones, trozos de una música extravagante y rara, empapada de ternura.
El sublime neurótico, el gran Beethoven, era su autor predilecto, aunque adoraba la música de Chopin, y sabía interpretar exquisitamente a Paderewski.
Solía invitarnos para días de campo, en donde no había más convidados que nosotros. Él decía bien: éramos su familia. Y aunque tenía infinitas relaciones, jamás dio a ellas preferencia. En esos días de campo hacíamos de él lo que queríamos; dejaba de ser el Maestro para convertirse en chiquillo complaciente, dispuesto nada más que a darnos gusto y, casi puede decirse, que jugábamos con él lo mismo que con cualquiera de los compañeros.
Al pardear la tarde, volvíamos a la ciudad, y al despedirnos siempre nos decía: “Mucho cuidado con esos estudios, porque si siguen interpretándolos de un modo tan grotesco no sé a dónde vamos a parar”.
Y al otro día, en la clase, el mismo orden: las tres bancas llenas de alumnos, los cuatro rincones un tanto obscuros; el candil suspendido en el centro; los atriles diseminados aquí y allá; los estantes llenos de libros, los dos hermosos pianos de cola simétricamente colocados… aquella clase había llegado a ser para mí una necesidad, y no sólo para mí sino para todos.
Los alumnos que habían dado ya sus estudios no se iban: se quedaban hasta el fin de la clase, pues era de reglamento salir todos juntos y acompañar al Maestro hasta su casa. Y si era noche de luna, invitábanos a pasear e íbamos al parque, donde, sentados en una campestre banca, nos refería la desesperación de Beethoven al encontrarse sordo, cuando se sentía en la plenitud de su genio; el inmenso amor que George Sand inspiró a Chopin; la muerte de éste producida por una tisis que poco a poco había ido minando su vida; las extravagancias de los grandes músicos; los triunfos alcanzados por ellos; las decepciones que emponzoñaron su existencia… Y así corría el tiempo; él como un inspirado hablando con loco delirio, nosotros embebidos, llevados por su palabra a sitios lejanos para presenciar ésta o aquella escena…
¡Ah! Floriani, con su esbelta figura, sus elevados sentimientos, y eternamente rodeado de sus discípulos, recordábame con frecuencia uno de los cuadros de mi casa: “Jesús con sus apóstoles”. No anduvo más acompañado el Salvador del mundo de lo que lo andaba nuestro querido maestro Floriani.
Cuando estaba enfermo, enviaba una tarjeta al Conservatorio, citándonos para su casa; por tal motivo, jamás dejábamos de dar la clase.
Nunca le reprobaron un discípulo, y la clase de Floriani fue siempre la primera en todas las del Conservatorio.
Cada año, y ante numerosa concurrencia, presentaba exámenes lucidos, y su fama volaba ya de boca en boca.
Así, dulcemente, y casi sin darme cuenta, se habían deslizado cinco años de mi vida, en los que, día por día, aquel cariño hacia el Maestro había ido echando raíces profundas en mi corazón. Poco a poco, gota a gota, aquel afecto fue creciendo de una manera irresistible, y la compañía de Floriani llegó a ser para mí una costumbre necesaria, al grado de temer a las enfermedades, no por lo que ellas me hicieran sufrir, sino porque podían privarme de ver al Maestro y estar con él.
Una noche fría y lluviosa, en que nadie hubiera osado salir a la calle, yo bien envuelto en mi capa dragona, y cobijado bajo las enormes alas de mi paraguas, salí de mi casa con rumbo al Conservatorio. Era noche de clase y por nada del mundo habría yo dejado de ir a ella. Bien sabía yo que casi todo el plantel estaría vacío; pero me halagaba dulcemente la idea certísima de que en nuestra clase, y sin faltar el Maestro, estarían ya todos reunidos entregándose al divino arte. Me adelantaba con el pensamiento y sentía ya en mi cuerpo, aterido por el frío, ese confortante calorcito que allí reinaba siempre; esa atmósfera tibia que reanimaba nuestras almas. Con la imaginación veía ya a nuestro querido Floriani llevando el compás febrilmente y murmurando su inseparable “No, no, con más delicadeza, más armonioso, sin estropear tanto las notas…”. Y veía yo al discípulo tratando de imitar esas inflexiones dulcísimas que constituían el ideal del Maestro.
Antes de estar en la clase ya soñaba yo con ella; y así, cavilando sobre mi vida, trayendo a mi memoria lejanas reminiscencias, pensando en el gran afecto que nuestro Maestro había hecho nacer en todos nosotros, y meditando sobre la necesidad que era ya para mí estar en esa clase y no faltar a ella por nada del mundo, seguía yo caminando sin advertir que mi paraguas, al chocar con no sé qué, tuvo la desconsideración de romperse por todo un lado, y dar paso tranquilamente a la lluvia, que, después de empapar a su antojo mi sombrero boleado, acabó por filtrárseme hasta la médula de los huesos.
Pero felizmente había llegado ya; cerré lo que pudiéramos llamar restos de paraguas; me sacudí un poco el agua y avancé resueltamente por el vestíbulo. ¡Cuánto se iban a reír mis compañeros de verme así todo mojado como un perro de aguas! Y ya oía también la voz de Floriani, diciendo: “¡Pobre muchacho, hoy con los dedos entumecidos va a darme su lección peor que nunca!”.
Subí las escaleras a toda prisa; ya deseaba sentir un poco de calor; y como en los corredores hacía un viento tan frío, me apresuré a la clase.
Al fin llegó a ella: abrió la puerta y entró [sic]. Pero… ¿qué veo? La clase siempre tan silenciosa y tranquila, ahora estaba revuelta; nadie en su asiento de costumbre; todos hablando, y lo que más me llamó la atención fue la ausencia del Maestro. ¿Qué había sucedido? Al verme, todos prorrumpieron en una exclamación: “Al fin llegas: sólo a ti esperábamos ya”. Sólo a mí me esperaban, ¿qué quería decir todo aquello?
Pero, ¿qué sucede?, les pregunté asombrado. “Nada, casi nada”, me contestó con voz dolorosamente sarcástica uno de los compañeros; “poca cosa: que el maestro Floriani parte para Francia, donde le llaman para dar una clase en el Conservatorio de París, y nos deja; ya ves, poca cosa”. Y a continuación, sin dejarme tiempo de hablar, me enseñó una tarjeta del Maestro en la que nos anunciaba su partida y a la vez nos suplicaba pasáramos a su casa para hablar con él. “Y puesto que has llegado ya, partamos en seguida”.
Yo era un autómata que aún no tenía tiempo de reflexionar sobre mi desgracia; más bien dicho, sobre la desgracia de todos; aquello era tremendo e increíble.
Salimos medio atontados por la brusquedad del golpe, y nos echamos a caminar por esas calles de Dios, encharcadas y llenas de lodo. La lluvia era más menuda, pero mucho más picante; y oleadas de un viento de hielo nos azotaban el rostro.
Era tal la rapidez de nuestra marcha, que no había tiempo de hablar, y cada uno se entregaba por su lado a meditar sobre la brusca sacudida que nos daba el destino, cuando nos sentíamos más felices.
Por lo que hace a mí, no hay palabras bastante enérgicas para expresar la infinita pena que me embargaba, al pensar en la pérdida del Maestro: aquello no tenía nombre, aquello era inconcebible, absurdo.
Yo casi no lo creería, sino hasta que la desgracia fuera evidente: hasta que el maestro Floriani estuviera ya lejos de nosotros.
La sorpresa de esta noticia me había hecho un daño terrible; sentía correr mi sangre febrilmente, y una repentina fiebre se apoderaba de mí por momentos. Esa noche sentí en mi ser los tormentos extraños que deben sentir los locos.
Después de caminar largo tiempo, en medio de la lluvia y las brumas de esa horrible noche, llegamos por fin a la casa del Maestro.
Sonó el aldabón de la puerta, fue a abrirla el viejo criado, y entramos todos conmovidos. Ingenuamente confieso que, cuando me vi en aquel pequeño saloncito, donde habíamos pasado ratos tan deliciosos, escuchando al Maestro, y pensé que todo aquello se perdía para siempre, poco me faltó para no echarme a llorar como un chiquillo, y suplicar a Floriani entre sollozos que no se fuera, dejándonos en el más profundo abandono.
Felizmente para mí, no tuve tiempo de nada, pues cuando iba a sumirme en hondas reflexiones, el maestro Floriani, vestido correctamente con un traje negro, y sonriendo con visible tristeza, se presentó en el salón sacándonos de nuestro silencioso abatimiento.
Al verlo, nadie pudo hablar, ¿qué íbamos a decirle? Pero él, con aquella ternura que le era peculiar, vino hacia nosotros y, abrazándonos uno a uno, “Comprendo vuestra pena”, dijo; “yo también siento con el alma separarme de ustedes; pero ¿qué se ha de hacer? Mi arte así lo exige”.
Y entonces nos refirió detenidamente la necesidad de verse elevado a un puesto de esa naturaleza; la esperanza abrigada por él de ver adoptado en el Conservatorio de París su método; un método rigurosamente progresivo, en cuyo arreglo había trabajado largos años; las promesas halagadoras que se le hacían; además, el contrato ya firmado para dar una serie de conciertos en compañía de un notable violinista. La necesidad de ir a París para ganar la gran opinión, esa opinión parisiense que vale tanto, y que da tanta gloria. La ilusión de ver allí publicadas sus obras, para instrumentarlas en seguida, y confiar su interpretación a esa gran orquesta del Conservatorio. ¡Ah! Nosotros no sabíamos lo que era la ambición de gloria; él se sentía subyugado por esa idea, y luchaba, luchaba hasta verse coronado por ella; lucharía hasta sentirse llevado en sus enormes alas.
Y todo esto, dicho con voz temblorosa por la emoción que le causara la idea de abandonarnos.
En cuanto a nosotros, lo escuchábamos conmovidos, y ninguno se atrevía a murmurar una frase de queja.
Pero el volvía a tomar la palabra para demostrarnos que su partida era precisa, necesaria. “Sin embargo”, repetía, “esto no quiere decir que yo deje de querer a ustedes; a todos los llevo en el corazón. El recuerdo de ustedes me será grato siempre, y jamás olvidaré que aquí dejo seres cariñosos y buenos que me quisieron mucho, y que pensarán una que otra vez en su Maestro, aunque él esté muy lejos de ellos, ¿no es verdad?
Aquí hubo una explosión de ternura, y entonces todos hablamos. Nos dejaba y esto era lo único que nosotros comprendíamos; prefería nuevos goces al placer que él mismo nos había dicho experimentaba estando al lado de nosotros; se iba muy lejos sin ver que nosotros, su familia, como él también nos decía, quedaba abandonada y sola; quedaba sin guía, sin su querido Maestro; gozaba ya al pensar en sus nuevos alumnos, y se olvidaba de nosotros que tanto lo queríamos; ¡ah! ¡Esto era horrible! Pagaba con ingratitud nuestro cariño, sacrificando a sus pobres discípulos, sin ver que nosotros, antes de verlo a él sufrir una pena, habríamos preferido ser los sacrificados…
Entonces, interrumpiéndose bruscamente, dijo:
—Pues bien: ha llegado el momento en que ustedes puedan demostrar sus nobles sentimientos. Pruébenme que saben sacrificarse por mí, dejándome partir sin tacharme de ingrato.
El golpe estaba dado; sin embargo, todavía hubo una ligera vacilación; una última lucha… Pero nada; su partida era cosa hecha y nadie hubiera podido evitarla.
Al fin nosotros tuvimos que ceder y, habiéndonos suplicado no lo afligiésemos más con nuestras quejas, tuvimos también que ahogar en el fondo del alma las expansiones de nuestro sentimiento, y concretarnos a escuchar la relación de sus esperanzas, unida a las reminiscencias del que pronto iba a ser para él un pasado ya; pero un pasado que siempre lo embriagaría de dicha, cuando lo evocara en su memoria, y que jamás olvidaría.
Esa noche desplegó su fantasía de un modo brillante y deslumbrador. Habló como pocas veces había hablado; nos mostró hasta el más oculto rincón de su alma soñadora, y dejó ver ante nosotros todas las fulguraciones de su genio.
Habló de tal modo que llegamos a olvidar la verdadera situación; y cuando a instancias nuestras sentose al piano y tocó a cada uno lo que quiso, yo casi ebrio por el exceso de tantas impresiones, sin darme cuenta de lo que hacía, bruscamente me levanté de mi asiento, llegué al piano y, abrazando al Maestro con arrebato irresistible, suspiré más que dije estas palabras: “El piano ha muerto para mí; jamás volveré a tocarlo”.
Las escenas que se siguieron no quiero referirlas ya. Sólo diré, que ocho días después de esa noche inolvidable, a la hora en que el alba apenas empieza a despuntar en el lejano horizonte, un grupo silencioso de jóvenes se paseaba a lo largo del andén.
Éramos nosotros, que habíamos ido a dar el último adiós al maestro Floriani. Únicamente él hablaba, y todos lo escuchábamos conmovidos. Nos daba los postreros consejos, nos hacía las últimas recomendaciones, nos encargaba que no lo olvidásemos; nos explicaba el modo de adelantar, y acabó por dejarnos un método para saber estudiar y no incurrir en defectos.
—Por lo que hace a mí —le dije— no reza con mi persona la última recomendación; he dicho que no vuelvo a tocar y lo cumpliré. Anoche mismo eché la llave a mi pobre pianillo desafinado, y aquí la traigo para dárosla: Tomadla, Maestro, es el único presente que puedo haceros.
Y al decir esto, se la introduje en uno de los bolsillos del abrigo de viaje. Quiso decir algo, pero no hubo ya tiempo. En esos momentos daban la última campanada y el tren comenzaba a moverse.
Rápidamente nos estrechó a todos en sus brazos y subió al wagon… Poco después sólo se veía a lo lejos “una ráfaga de humo y un blanco pañuelo al aire”.
Cuando no quedó ya nada en el horizonte, nos volvimos silenciosos y tristes, sintiendo en el alma algún vacío infinito. Y al llegar a la ciudad, cada uno tomó por su lado.
Ya no éramos una familia; cada uno seguiría distinto rumbo en el camino de la vida.
Aquello fue un completo desbarajuste; todos andábamos a la desbandada.
Al otro día en la mañana fui al Conservatorio a recoger mis libros. La clase estaba polvosa, obscura y fría… Tomé los estudios y me salí a toda prisa.
En los corredores, los mozos armados de largos escobones sacudían vertiginosamente. Los nidos caían al suelo produciendo un golpe seco; y las golondrinas, piando, asustadas, huían también a la desbandada… “¡Como nosotros!”, pensé...
Hoy ya soy viejo; las canas orlan mi frente como la yedra orlaba en aquel entonces las paredes ruinosas del viejo Conservatorio; pero, cuando escucho a mi pequeña Lilí, que con sus deditos color de rosa intenta modular en el piano algún cantarcillo, una oleada del pasado viene a orear mi cansado cerebro y, olvidando por un momento las realidades de la vida, me echo a soñar como entonces, vuelvo a sentir mi corazón palpitante y lleno de entusiasmo, bajo la impresión de acordes arrancados por Floriani; vuelvo a sentir mi pecho lleno de ilusiones; vuelvo a ser joven, vuelvo a conversar con aquel inolvidable Maestro, y así, medio adormecido por los recuerdos, me hundo en grata somnolencia.
De pronto, la impresión producida en mi frente por un beso tibio me saca de mi silencio. Es mi pequeñita Lilí, que, al oírme balbucir un nombre, me pregunta con dulce curiosidad:
—Papá, ¿quién es Floriani?
—Floriani eres tú ahora, vida mía; dame otro beso…
Y así abrazados los dos, vuelvo a soñar en el pasado.

Revista Azul. Tomo II. Núm. II. México. 13 de enero de 1895. pp. 165-172.



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